De Ludovic Bertron from New York City, Usa CC BY 2.0

¿Por qué el paradigma de los cuidados nos puede acercar a sociedades más inclusivas y libres de odio hacia el movimiento LGBTIQ+?

A propósito del mes del orgullo, resulta pertinente reflexionar en torno a la construcción de sociedades inclusivas y democráticas que pongan el cuidado de la vida en el centro y sean interpeladas por las violencias que viven las personas LGBTIQ+. Para esto, les invito a identificar los cuidados desde la perspectiva conceptual de Joan Tronto - autora yprofesora de ciencias políticas de la Universidad de Minnesota, pionera en Estudios del Cuidado- y su íntima conexión con la situación que atraviesa a las infancias y adolescencias trans en una región donde las violencias, exclusión y negación de la identidad expone a esta población a tener una muy baja esperanza de vida.

En un primer lugar, es clave tener en mente de qué hablamos cuando hablamos de cuidados. Desde los estudios de género se han propuesto varias conceptualizaciones que siguen en proceso de construcción, sobre todo, desde las miradas y vivencias del Sur global.  Al respecto, podemos partir de algunas que proponen verlos como “todas las actividades y prácticas necesarias para la supervivencia cotidiana de las personas en la sociedad en que viven” (Batthyány K., 2020, p. 23) o, siguiendo a Tronto, las actividades que hacemos para reparar, mantener y continuar viviendo en nuestro “mundo” de la mejor manera posible -incluyendo el ambiente (Tronto J., 2013)

Desde el enfoque de derechos, los cuidados se pueden entender como el derecho a dar (o no dar) cuidados, a recibir cuidados y al autocuidado (Pautassi L., 2018). Esta vocación universal que surge al reconocer al cuidado como un derecho implica que todas las personas deberían tener acceso al cuidado de calidad, sin importar su nivel socioeconómico, sus lazos familiares, su lugar de origen, su identidad de género, etc. Y, en este punto, es clave recordar que todas las personas estamos atravesadas por los cuidados, nos ha tocado y tocará ser cuidados en diversos momentos de nuestras vidas. Por eso, el derecho a ser cuidado no puede estar ligado a privilegios ni a exclusiones históricas que nos alejan de una distribución justa de los cuidados entre familia, sociedad y Estado.

El cuidado como derecho evidencia su concepción pública, que es fundamental para construir ciudadanía y fortalecer los principios democráticos. En esta construcción de ciudadanía se puede observar que, garantizar el derecho a la identidad de género contribuye a garantizar los derechos civiles y políticos y los derechos económicos, sociales, culturales y ambientales de una manera más igualitaria,  avanzando a su vez en la erradicación de estereotipos que son causa y consecuencia de las violencias. El derecho al cuidado forma parte de esta interdependencia e interrelación de derechos humanos, pues sin reconocimiento a la identidad de género el derecho de las infancias a ser cuidadas y de las familias a cuidar (muchas veces, familias monomarentales) pende de un hilo y es más vulnerable a las múltiples violencias, exclusiones y “negaciones de amor” (significancia que tomo prestada de Manu Mireles del Bachiller Popular Travesti-Trans Mocha Celis en Buenos Aires).

En instrumentos internacionales como la Convención sobre Derechos del Niño y la Convención Americana de Derechos Humanos (Art. 19) se reconoce la protección especial de la niñez como responsabilidad y obligación de muchos actores (familia, sociedad y Estado). Sin embargo, cuando estamos ante infancias y adolescencia trans, muchas veces, existe una ausencia de corresponsabilidad de cuidados que no interpela a todos los actores por igual. A edades muy tempranas estxs niñxs trans sufren discriminación, “malos-cuidados”, exclusiones y expulsiones de sus propios hogares, instituciones estatales de salud, educativas, entre otras. En el Ciclo “Cuidar en tiempos de pandemia, organizado en marzo del 2022 por Oxfam en Perú, Santiago Balvin nos hizo pensar cómo la idea de espacio seguro en la consigna “quédate en casa” -por la pandemia- no lo fue para muchas personas trans que tuvieron que volver a los hogares donde las habían excluido/violentado, y permanecer largos periodos de tiempo expuestas a LGBTIQ-odio y a la imposibilidad de vivir libremente su propia identidad.

Para entender un poco más esta situación desigual desde el paradigma de los cuidados me gustaría hacer más foco en dos aspectos centrales que identifica Tronto: la concepción pública del cuidado para construir sociedades democráticas, y las “necesidades” de cuidados que surgen o se ven impedidas desde la discriminación y violencia estructural hacia grupos históricamente oprimidos. ¿Cómo podemos construir sociedades democráticas si no reconocemos l los obstáculos para cubrir las necesidades de cuidados de las infancias trans?

En este contexto, se podría identificar que estamos frente a una necesidad de cuidado urgente que tiene una gran deuda social e institucional por: 1) la falta de responsabilidad en el reconocimiento de derechos -sobre todo, a la identidad- y 2) la falta de responsabilidad desde la perspectiva moral y política de las necesidades de cuidados. Esto se puede traducir en lo que Tronto identifica como “irresponsabilidad privilegiada”, que desde la perspectiva moral entiende que son “las formas en que la división del trabajo y los valores sociales existentes permiten a algunas personas excusarse de las responsabilidades básicas de cuidado porque tienen otro trabajo más importante que realizar” (Tronto J., 2013).

Es clave traer parte del análisis de Tronto cuando advierte que la “irresponsabilidad privilegiada” no es solamente un mecanismo moral, sino un tipo de poder. Desde una sociedad competitiva neoliberal con normas e imaginarios sociales que jerarquizan los géneros (incluso, jerarquizan las propias relaciones entre los varones) el poder se traduce en vidas que pueden -o no pueden- dejar de cuidarse. En este punto, me parece clave volver a pensar en la interdependencia de derechos, pues el cuidado también se posa en el reconocimiento a la identidad de género y en las medidas afirmativas que erradican las violencias estructurales. Así, la “irresponsabilidad privilegiada” -también- se observa desde la falta de representatividad en la  toma de decisiones de personas cuya participación política ha sido -históricamente- obstaculizada. Desde estas características se señala que hay “un pase” sexista, patriarcal y binario (una aceptación social tácita) que ciertos grupos e instituciones se asignan para no asumir responsabilidades de cuidados (Tronto J., 2013, p.121).

Por último, otra forma que toma esta irresponsabilidad está basada en la “ignorancia epistemológica” (Tronto J., 2013). En otras palabras, muchos grupos e instituciones prefieren “no saber” antes que asumir responsabilidades.  Esto  se puede observar en muchos Estados de la región que obstaculizan la educación sexual integral o no generan suficientes  datos oficiales y sin sesgos de género que hagan visible la problemática que atraviesan las infancias y adolescencias trans..  

Estas reflexiones están abiertas para seguir repensando y buscando un compromiso colectivo y social que consolide sociedades democráticas justas porque, en palabras de Tronto, “una ética feminista democrática del cuidado requiere que concibamos la política democrática como la asignación de responsabilidades sociales e individuales, que aseguremos la adecuación del proceso democrático asegurándonos de que las personas no se ausenten ni excluyan a otras de estas responsabilidades” (Tronto J., 2013). Para continuar reflexionando sobre las infancias trans libres de violencias y discriminaciones les invitamos a buscar, escuchar y apoyar a redes y organizaciones por las infancias trans y sus familias que vienen visibilizando las necesidades de cuidados. Reconocer la identidad de género también es cuidar.

Referencias