Cincuenta días en una carpa

Texto: Cecilia Niezen

Fotos: Flor Ruiz

22 de mayo 2017

En un país centralista, pasar la página de una emergencia que impactó principalmente a regiones del Perú (aunque también a la capital),  e ingresar a la etapa de reconstrucción, puede ser peligroso.  ¿Por qué? Pues porque se invisibiliza a miles de personas que viven aún en situación de vulnerabilidad y precariedad, como consecuencia de los impactos de El Niño Costero.

Las cifras oficiales de daños son escalofriantes. Durante los meses de lluvias torrenciales, principalmente entre febrero y marzo, más de 100 personas perdieron la vida.  Más de un millón de personas se consideran damnificados, 42.627 casas fueron consideradas destruidas o inhabitables.  Los ríos, huaicos y las lluvias se llevaron casi todo. Aproximadamente 31.000 personas en el país iniciaron la vida en carpas, muchas de ellas –no hay cifras precisas –siguen viviendo bajo esos plásticos, en albergues temporales.

Estuvimos en Lambayeque, uno de los puntos más afectados por El Niño Costero y recorrimos diferentes caseríos y centros poblados rurales de los distritos de Pacora, Illimo y Mórrope. Los testimonios de los vecinos si bien son desgarradores muestran también su resiliencia.  Las acciones de las autoridades regionales y locales, con quienes conversamos, no parecen estar a la altura o medida de la necesidad. ¿Qué falta? Definitivamente coordinación y participación ciudadana.

Haydé, Lily, Angelita, Segundo y Briseida,  son de esos distritos. Sus testimonios de lucha representan los de muchos peruanos y peruanas que se encuentran hoy como en el limbo.

Lily 

A Lily, El Niño Costero le cambió la vida. De salir a trabajar de su casa, hoy sale de la carpa, consigue un poco de agua que con suerte ha abastecido un camión cisterna en bidones que están en la calle, realiza su higiene personal, se cambia, ocupa los baños que se han improvisado, y enrumba al trabajo.

“Me quiebro a veces, sí, pero nos han prometido viviendas temporales y vamos a luchar por ellas y por estar en una zona segura. De esta situación tiene que salir algo mejor”, dice. El albergue donde vive está localizado exactamente en el parque central de Illimo, frente a la comisaría, a la iglesia y a la municipalidad del distrito.

Después de hablar con varias de las mujeres de este albergue y escuchar los problemas que enfrentan día a día, como el pedido de autoridades que regresen a sus casas (destruidas), cruzamos la pista y buscamos al alcalde del distrito, Juan Manuel Cabrera Farroñán. Preguntamos qué siente al tener gente viviendo en un estado tan precario a unos metros del escritorio donde despacha diariamente. Su respuesta es que esas personas ya deberían irse a casa. Que su municipio ya cumplió con la remoción de escombros y que desde su posición, no puede hacer más.

Con la partida de S/ 200.000 que el Gobierno Central destinó a los distritos de zonas declaradas en emergencia, principalmente, dice Cabrera, se removieron escombros de las viviendas colapsadas. Y es que a fines de marzo, un día después de la lluvia más fuerte que cayó en esta región, las zonas urbana y rural de Illimo parecían haber sido azotadas por un fuerte terremoto.

Al lado del alcalde, un funcionario nos dicta las cifras de daños del distrito: 349 casas colapsadas y 419 inhabitables. Entonces pregunto, ¿y qué van a hacer para proveerles a estas personas, muchas de ellas en carpas, viviendas  temporales y seguras? ¿Cuándo dejarán las carpas? El alcalde considera que los vecinos “temporales” causan problemas porque están malogrando el parque y los otros vecinos (muchos de ellos con casas de material noble, que no sufrieron casi daños) están molestos.  Sí, eso responde la autoridad edil, aunque parezca increíble.

“Ahora la gente puede ir con sus carpas a sus casas y abandonar esta plaza”, dice. Pero alcalde –le digo- les han dicho que es peligroso regresar y que en agosto pueden venir nuevamente fuertes precipitaciones. Su silencio es largo y explícito. Luego dice: “No tenemos terrenos en Illimo para reubicarlos. Escapa de nuestras posibilidades”.

En la parte rural de Illimo la situación se agrava. Caminos de tierra  sinuosos te llevan a diferentes caseríos. Uno de ellos es San Juan, un caserío de 80 familias acogedoras y solidarias, pero casi invisibles para los mapas de ayuda humanitaria y de reconstrucción, a pesar de los daños visibles en el centro educativo inicial, en las viviendas y en los campos de cultivo.

En el momento que llegamos reciben capacitación y kits de higiene entregados por Oxfam y Predes.  El temor a un brote de  dengue es muy grande. La zona no cuenta con agua y desagüe. Y solo en Tumán, un distrito de Lambayeque,  se han reportado 742 casos de dengue y al menos 4 muertos. En la región Piura son ya 19 las personas que  han muerto por el dengue.

Las familias reciben kits diferenciados y conversan alternativas de solución para enfrentar el dengue y participar de alternativas de reconstrucción. De la gran reconstrucción anunciada por el Gobierno Central, afirman no conocer nada. Hay mucho por hacer y las autoridades no han llegado aún a este punto del país. Es claro que estas familias no quieren regalos. Quieren organizarse mejor, presentar y luchar por sus propuestas.

Daisy

Daisy, por ejemplo, es la única persona de las 80 familias de San Juan que recibió una carpa. Embarazada y madre de tres hijos pequeños, ha arreglado este espacio de la mejor manera para sus hijos. Nos hace pasar (son las 2:00 pm y el calor quema). Sus hijos no pueden estar ahí y permanecen la mayor parte del tiempo en la calle bajo un sol implacable. En la noche la carpa se ilumina con una vela, lo cual reconoce que es un peligro. 

Uno de los kits que ella ha recibido contiene jabones, toallas, pañales. Otro de los kits escobas, mosquiteros, repelentes, bolsas, baldes para almacenar agua con tapa y dispensador. “Esto nos ayuda para la limpieza y prevención porque han aparecido una gran cantidad de zancudos y moscos tras las lluvias que nos preocupa”, dice.

Medios de vida perdidos

Pero así como el dengue y la solución a la vivienda preocupan a las personas damnificadas y afectadas, también lo son la recuperación de los medios de vida. En las zonas rurales de Mórrope e Illimo se siembra lenteja, maíz, camote, productos muy importantes para la alimentación diaria de la población. Pero la mayor parte de los cultivos se han perdido por el desborde del río La Leche, nos cuenta el señor Segundo. La alternativa de complementar ingresos viene del trabajo en chacras, minas no metálicas o construcciones que hay en la zona. Se paga por jornal diario de  S/20 a S/25 con lo que se pueden cubrir algunos alimentos mientras se recuperan los sembríos.  “Todo ha disminuido, hay menos trabajo”, cuenta.

Muchas personas de la zona hacen alusión a su origen moche y a su fortaleza. Uno de ellos es el mismo alcalde de Mórrope , Gustavo Cajusol Chapoñán, quien recibió en 2015 la alcaldía en el marco de un ritual mochica. Mórrope, explica el alcalde, se ubica en la zona baja de la cuenca hidrográfica Motupe La Leche. Por tanto, es una zona de alto riesgo de inundaciones asociadas a El Niño.  Los daños oficiales: 349 viviendas colapsadas, 736 viviendas  inhabitables, 1085 damnificados, 2086 familias afectadas.

“Realizamos antes de las fuertes lluvias la descolmatación del rio Motupe - La Leche que es extraer los sedimentos acumulados para recuperar el cauce normal del río. Ello ayudó en restablecer las condiciones hidráulicas del río para evacuar las aguas fluviales de las partes alta y media de la cuenca”, explica. Si bien los daños fueron fuertes, sin este trabajo hubiese sido una calamidad, asegura.

El alcalde señala que  una de acciones clave ahora es la reconstrucción de diques del río Motupe La leche. Además, que se vienen evaluando terrenos de reubicación para módulos temporales pues no quieren que la gente corra riesgo en sus viviendas originales, hoy colapsadas. Dice que están articulando estas propuestas, con diferentes Comités Comunitarios de Gestión de riesgo formados en 17 caseríos y centros poblados ubicados a la margen derecha e izquierda del cauce antiguo y nuevo del río Motupe-La Leche. Pero la paciencia de las personas viviendo en carpas o casas improvisadas con triplay y calaminas se agota.

Briseida y Angelita

Briseida Mendoza tiene 30 años y 4 hijos. Viven en una pequeña carpa. Ella es de Santa Clara, localidad ubicada cerca al caserío rural Santa Isabel, donde está hoy en un albergue. “Mi casa era de adobe y cuando vino el aguacero se rajaron las  paredes de tanta agua que venía de golpe y se cayeron. Dormíamos en esteritas con calaminas, hasta que nos dieron una carpa. Es muy difícil, yo tengo dos hijitas mujeres con problemas en las extremidades y vivir en esta carpa casi 50 días no es vida”, cuenta. Los chicos de la zona están estudiando en un mercado acondicionado como escuela por los daños que sufrió el centro educativo.

El esposo de Briseida trabaja de peón en una chacra por S/25 diarios.  “Tiene que tomar lo que salga mientras nos recuperamos pero no sabemos cuándo ni cómo”.  Ella cuenta que les han dicho que se vayan a sus casas. “Yo aunque sea quisiera que me regalen la carpa pues se anuncia una fuerte lluvia”. Y repite, no queremos que nos regalen nada, solo la carpa. Sí necesitamos que nos ayuden a recuperarnos e ir a una zona segura para poder empezar”.

Y entre lo que dicen las autoridades y lo que dicen los vecinos no encontramos coincidencia. Las autoridades sostienen incluso que para qué carpas si cuando van a censarlos la gente no está ahí. Y claro, como dice Angelita “salimos a trabajar, nuestros esposos también. ¿O quieren que estemos aquí todo el día esperando que nos den comida?”.

El 17 de mayo Indeci clausuró formalmente los dos albergues existentes en Mórrope. “Al cerrar los albergues las familias no recibirán ayuda humanitaria y deben regresar a habitar los escombros de sus viviendas, con el temor que también les quiten las carpas. El futuro de estas familias es incierto”, explica Lourdes Contreras, promotora de la ONG Ceproda Minga.

Muchas mujeres que siguen en uno de los albergues en Santa Isabel no quieren que lo cierren y piden claridad pero la información es confusa. Ellas quieren recuperar sus medios de vida. Sus chacras. Y yo les pregunto cómo se llama ese albergue. Y una mujer responde: “Este es el albergue de las 10 madres luchadoras”.

Lourdes Contreras, promotora de Ceprodaminga 

La participación comunitaria en la búsqueda de soluciones es fundamental. Estamos seguros/a que sin participación las cosas no serán sostenibles y solo contribuiremos a acentuar el asistencialismo y la vulnerabilidad en estas comunidades. Las autoridades deben escuchar a las poblaciones. Hay  mucha sabiduría y conocimiento que hay que cultivar y fortalecer. Para ello las comunidades se tienen que constituir como actores históricos y sociales en sus territorios. Una solución no es llevarles comida o ponerles una carpa y luego clausurarlas dejando a las familias damnificadas a la deriva, olvidándonos por completo de los principios humanitarios mínimos como son proteger la vida y la dignidad de las personas. El Estado cree que ya cumplió, y que solo falta la reconstrucción. Ello significaría darles un módulo de vivienda por 1 0 2 años, o generar préstamos para que las comunidades se sigan endeudando. El trabajo tiene que partir por su fortalecimiento y la recuperación de sus medios de vida si queremos reducir los actuales y nuevos riesgos de desastres  a los que se enfrentan, pero parece que quieren mantener a las personas en la pasividad.  Nosotros/as trabajamos el enfoque de la Gestión de Riesgos de Desastres con la comunidades organizadas en Comités Comunitarios de Defensa Civil y Gestión de Riesgo y nos han demostrado el poder que tienen de decidir y de cambiar su futuro. Creemos que las propuestas de reconstrucción tienen que ser descentralizadas y articuladas, teniendo en consideración el contexto de cada comunidad y la participación comunitaria. 

Contacto para medios 

Cecilia Niezen | Oficial de Comunicaciones | Oxfam en Perú

Correo electrónico: cniezen@OxfamAmerica.org.

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